«No es la más fuerte de las especies la que sobrevive, tampoco es la más inteligente. Sobrevive aquella que es más adaptable al cambio.»
Charles Darwin
Por mucho tiempo tuve una idea errónea de lo que significa ser resiliente. Aprendí de mis mayores y el mundo que me rodeaba que ante la adversidad tenía que ser «fuerte como un roble». Fuerte como un roble… inmutable, irrompible, imperturbable frente a todas las dificultades y el sufrimiento en mi vida. Profundamente en mi consciencia asumí que ni el viento más fuerte, ni la tormenta más intensa podrían jamás vencerme, en tanto mi esencia estuviera formada de esa madera.
La definición de resiliencia nos dice otra cosa. Según la Real Academia Española significa «La capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas», y según Wikipedia la resiliencia es «La capacidad para adaptarse a las situaciones adversas con resultados positivos». Flexibilidad, adaptación… ¿dónde se encuentra mi tan estimado roble en todo esto?… ¿y el tuyo?
«Debes ser fuerte» me decían en mis años formativos. Allí y entonces, en aquel contexto la flexibilidad y la adaptabilidad se veían como un aspecto de debilidad, de falta de carácter. Me pregunto hoy, ¿es más fuerte el roble que el bambú? Ser adaptable y flexible no significa no ser firme. Es tan firme uno como el otro.
La adaptabilidad no es lo mismo que «dejarse llevar indiscriminadamente por las circunstancias», sino la capacidad de reconvertirse para estar en armonía con la situación. Flexibilidad no significa «tomar cualquier forma que me impone mi entorno», sino ser resistente al cambio, adaptándose a sus diversas facetas y sin quebrarse. Para una persona resiliente no existe una vida dura, sino momentos difíciles. No enfrenta la dureza de las dificultades con más dureza, sino con adaptabilidad y flexibilidad. Física y emocionalmente, sobrevive como especie.
Utilizamos enormes cantidades de energía en el resistir como el roble, y nuestra corteza muestra las cicatrices de una vida comprometida en hacerle frente a las dificultades de manera inmutable, inflexible, fuertes… y en ocasiones las mostramos con orgullo.
Ser fuertes como el roble, o ser resilientes como el bambú. Un camino de exploración que por supuesto requiere introspección e intencionalidad. Observar de dónde venimos y hacia dónde vamos, y hacerlo con apertura y sin juicio. La resiliencia no es una cualidad innata sino que es algo que todos podemos desarrollar a lo largo de la vida en un camino de transformación como seres humanos.
Sozan