La libertad no vale la pena, si no conlleva la libertad de errar. – Mahatma Gandhi
Errar es humano. Como humanos que somos, por lo tanto, erramos. Nos equivocamos. Fallamos. Y cada vez que ocurre, molesta… y en ocasiones, duele.
No solemos estar mental y emocionalmente preparados para fallar. Errar es algo que nuestra sociedad nos ha condicionado por siempre a creer que nos desprestigia, nos minimiza. Nos hace menos valiosos. Equivocarse es un peso que nos detiene en el fluir de las cosas y nos sumerge en un proceso de juicio y autocompasión. No hay que equivocarse. Y si fallamos, en lo posible, que no se note. Y si se nota, buscamos justificarlo o minimizarlo.
Qué difícil es vivir una vida bajo la exigencia de la perfección. Transitar cada decisión que tomamos, pequeña o grande, temerosos de que no sea la correcta, de que nos estemos equivocando (una vez más). Dejando de hacer cosas maravillosas por miedo al error.
Adultos, usualmente olvidamos que como niños es así como aprendimos a caminar. Errando. Cayendo una y otra vez… y nuevamente de pié. Sin reparos, sin vergüenza, simplemente volviendo a intentarlo. Redescubrir entonces la posibilidad de errar sin frustración, de comenzar de nuevo, de aprender e investigar, y de fallar en el proceso, es un proceso de transformación que cala profundamente en quiénes y cómo somos. La libertad que nace de ser compasivos con nuestra imperfecta humanidad y la de los demás es una puerta inmensa que se abre a la posibilidad de crecer y madurar. Esta libertad de la imperfección nos descomprime y brinda alegría, cercanía, y una conexión más pura con la posibilidad.
La vida actual nos llena cada vez más de elecciones y responsabilidades. Y el mayor contacto a través de medios interactivos y redes sociales nos expone aún en mayor medida al resultado de nuestras decisiones y nuestra acción. Cobra entonces más importancia el conectar con la libertad de la imperfección, la posibilidad de caer, levantarnos, y seguir intentándolo. Y en todo ese proceso, aprender y madurar como ser humano.
Errar es humano (perdonar es divino, creo que continúa la frase). No podemos evitar fallar en ciertas ocasiones y circunstancias. Lo que sí podemos hacer es vernos vulnerables y sonreírnos con calidez, como lo hacemos cuando la niña cae sentada en sus pañales intentando caminar. Si puedes lograr disfrutar del proceso de fallar y aprender, puedes entonces soltar una pesada carga social y volverte más alegre, más descontracturado, más sabio.
Somos perfectos en nuestra imperfección, y capaces de aprender de los intentos fallidos y acciones equivocadas. Actuar siempre con la mejor intención, sabiendo que usualmente no controlamos los resultados. Y sonreir. La próxima vez será diferente… quizá.