«Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.»
Juan XXIII
Una frase que atesoro es «Si no está roto, no lo arregles». He aprendido en el tiempo que esta frase podría en realidad ser ampliada a «Si no está roto, no lo arregles. Cuando está roto, no siempre intentes arreglarlo».
En general tenemos esa tendencia de querer arreglarlo todo en nuestra vida y en la de los demás. Más que «arreglarlo» diría «solucionarlo» todo. A veces pensamos que la solución para arreglar algo es simplemente ignorarlo, que en general (dicho de paso) suele no ser la solución adecuada. En otras ocasiones, hacemos por hacer, sin importar mucho qué es lo que hacemos, en tanto hagamos algo… aunque lo que hagamos no sea lo que en realidad habría que haber hecho.
No todo está roto. A veces piensas que está roto, porque así lo ves desde tu limitado punto de vista… y allí vas a la carga. Pero en realidad está roto desde tu óptica de las cosas. Por otro lado, hay cosas que sí están rotas, y que en ocasiones es importante intentar solucionarlas. Sin embargo, muchas más veces que menos, debemos detenernos un instante y dejar las cosas como están, dándonos espacio para reflexionar si es el momento adecuado de arreglarlo, e incluso si somos nosotros los responsables de hacerlo.
Algunas personas son «arregladores seriales», humanos que salen al rescate de todo, todo el tiempo, esté o no roto. Diría que gran parte de su identidad, el significado de lo que son, es justamente el arreglarlo todo. Sea un asunto propio o ajeno, allí están para ofrecer (a veces imponer) su versión de la solución adecuada.
En ocasiones, las cosas sí están rotas y requieren solución. Esta posibilidad de solucionar las cosas, de realmente comprometerse con la dificultad y encontrar una manera de integrarla y resolverla, es una enorme oportunidad de aprendizaje. Quizá tengas la solución adecuada para un problema de otro, y quizá sientas que brindar esa solución sea noble y altruista. Probablemente sea cierto… Sin embargo, detente un instante y fíjate si desde ese lugar de generosidad en realidad estás interfiriendo en la posibilidad de que alguien aprenda algo nuevo y necesario. En ocasiones, lo único que hemos de hacer es acompañar, ponernos a disposición del otro, sin intentar arreglar.
«Si no está roto, no lo arregles. Cuando está roto, no siempre intentes arreglarlo». Te invito a reflexionar sobre cómo te relacionas con aquello que en tu vida y la de los demás parecería no estar funcionando bien. Quizá sea el momento de juntar las piezas con cola de carpintero. Quizá sea el momento de guardar tus herramientas en su caja… y con responsabilidad permitir que las cosas tomen su curso.
Sozan