«Sonríe en el espejo. Haz eso todas las mañanas y comenzarás a ver una gran diferencia en tu vida.»
Yoko Ono
El rostro es la parte del cuerpo que nos identifica. En general, es a través de mirar el rostro de alguien que lo reconocemos y diferenciamos de otros. Ocultar la cara es una manera de pasar desapercibidos.
El rostro, nuestra cara, dice mucho de nosotros. Nos identifica, nos condiciona, nos categoriza, expresa nuestro estado de ánimo… es tan importante y brinda muchísima información y sin embargo, tú no puedes ver tu propio rostro. Esta parte fundamental de nuestro cuerpo, que nos define, no puede ser vista por la propia persona si no es a través de la ayuda de un espejo (quizá puedas verte la punta de la nariz, es cierto). Puedes ver tu mano, tus pies, tu torso… pero no puedes ver tu propia cara.
De la misma manera que necesitas ayuda externa para observar tu rostro, también esto es cierto en relación a tu accionar, tu manera de ser, de interactuar con el mundo y de tus hábitos: para observarte por completo, de pies a cabeza, requieres de un reflejo externo para poder ver tu propia persona. Esos espejos de nuestra personalidad, de cómo somos y cómo nos comportamos en el mundo, nos brindan información fundamental para comprender con mayor profundidad nuestra verdadera identidad. Así como permanecemos ciegos a nuestro propio rostro sin la ayuda de un espejo, somos incapaces de ver en profundidad nuestro verdadero «ser» sin la ayuda de elementos y seres externos que con la misma sinceridad de un espejo nos reflejen la imagen de quiénes somos en este momento.
Quizá sea una amistad, o varias. Quizá tu familia, o un grupo al que perteneces. También lo es un maestro o quien quiera sea para ti una guía en tu desarrollo personal. «Espejos» en los que confías que con sinceridad y respeto te permitirán ver aquello que, como tu rostro, es invisible a tus ojos internos y externos.
El punto es que, aunque estos maravillosos seres te reflejen, te describan en todo tu esplendor, eres tú quien elige ver o no ver lo que te muestran. El ego nos convence que no necesitamos de nadie más que de nosotros mismos para desarrollarnos positivamente como seres humanos. Nos hace creer que no requerimos un espejo para peinarse. Que con la sola introspección basta y sobra. Que tú te conoces más que nadie… Sin embargo, esa introspección, ese análisis, requiere de la rica información que nos brindan nuestros «espejos» en la vida para no ser tan sólo una ilusión del ego. Sin simplemente dejarte llevar por las opiniones de los demás (ya que no es a esto a lo que me refiero) puedes abrirte a la posibilidad de con humildad y apertura recibir y procesar la información que sobre ti recibes de tus espejos.
Detente un momento para hacer un inventario de cuáles son estos espejos en tu vida. Observa con detenimiento y curiosidad aquello que te muestran. En ocasiones ocurre de manera natural y espontánea, pero también puedes solicitar ser reflejado de manera intencional. Y permite que lo que recibes se convierta, más allá del ego, en invaluable y rica información en tu camino de transformación.
Sozan