«La mayoría de las personas no carecen de fuerza, sino de constancia.»
Victor Hugo
Quizá nos hemos convertido en seres de extremos, de contrastes… y en muchas ocasiones, nos balanceamos entre el todo o nada.
En lugar de alimentarnos de manera saludable día a día, intentamos “purificar el cuerpo” o “bajar de peso” con dietas drásticas o curas milagrosas. En lugar de ser atentos y respetuosos, estando realmente presentes en nuestras relaciones, realizamos un importante regalo de cumpleaños o una gran cena una vez en el año para agasajar y estar presentes. En lugar de saber encontrar los tiempos de descanso y recarga de manera cotidiana, buscamos un “desenchufe total” en dos semanas de vacaciones. En lugar de meditar con frecuencia durante la semana, nos inscribimos cada diez o quince meses en un retiro de tres días ininterrumpidos…
Todo y nada. O nada y todo. Sistemáticamente, luego de esos esfuerzos titánicos hay algo que una y otra vez, no funciona. Seguimos sintiéndonos pesados, en soledad, cansados y estresados. Y nos preguntamos (sorprendidos) por qué.
La respuesta es simple: Quizá sin darnos cuenta, sin quererlo, hemos perdido de vista la importancia de la constancia y los ritmos. El ritmo de lo cotidiano como fuerza motora fundamental de la vida.
Ser constante, encontrar un ritmo, es quizá una de las cosas más difíciles en un camino de transformación como ser humano. Mantener una actividad, una intención en el tiempo que sea apropiadamente balanceada y nutritiva requiere compromiso y autodisciplina. En principio parece ser mucho esfuerzo, sin embargo, cuando el ritmo se hace hábito, el ahorro de energía en tiempo y relación es inmenso. Los resultados, cuando esto ocurre, son visibles y duraderos.
Por supuesto no hay nada inherentemente malo con hacer dieta, agasajar a una amistad o irse de vacaciones o a un retiro. El punto aquí es cuando caemos en la ilusión de que un intenso efecto de choque siempre se transforme en la solución a los problemas que hemos creado por abandonar nuestros ritmos y hábitos saludables.
No es la tormenta, sino el agua que corre con perseverancia sobre la dura piedra de la montaña, que en su ritmo y constancia cava un profundo y hermoso valle.
Sozan